El imperio del presente

caminobbDespertarse es como nacer, todos los días. Solo que nacer conociendo a qué venimos, o presintiéndolo. Esa mañana mi primera convicción, antes de abrir los ojos, fue la lluvia. Seguía lloviendo y aunque me esforcé por ser optimista y traté de encontrar el sol en mis recuerdos lo único que vi con los ojos abotagados de mis entrañas fue la bruma gris y paciente diluyendo el paisaje rocoso del camino. Luego me llegó una certeza: se había ido.

Abandoné mis cobijas para buscar en la oscuridad los pantalones y el buzo que me puse sobre la piyama. No quería esperar a nada porque la certeza crecía. Se había ido en el bus de las cinco de la mañana, lo supe cuando oí finalmente sus llantas pasar mordiendo el pavimento frente a mi ventana.

Bajé por el camino de grava arrastrando las botas. A esa hora ni los perros salían a saludar. Llegué frente a su casa, abrí la pequeña verja de la enramada y caminé hasta la entrada. Una hoja de papel, doblada y clavada sobre la puerta, me contuvo el impulso de golpear. Tenía mi nombre escrito sobre ella: Guillermo. Qué manera de despedirse.

Me la eché en el bolsillo y volví a mi casa, no sabía si estaba preparado para leerla, pero me consumía la curiosidad. Hice café y me acerqué a la ventana para aprovechar la incierta luz de esa mañana. Tomé un sorbo y desdoble la hoja, escrita por lado y lado. Querido Guillermo, comenzaba.

En el presente siempre estamos de paso, pero aun así resulta difícil enfrentarlo. Porque el presente es la verdad, la única verdad. Sobre el pasado podemos mentir, acomodarlo, o hasta soñarlo. Y el futuro es el reino de la ilusión, de la imaginación, del todavía se puede. Pero el presente es el momento del ser o no ser, la hora de las decisiones. Al presente hay que ponerle la cara, no hay forma de evadirlo. Es la cresta de la ola y depende de qué tan cómodos, seguros y afirmativos sentimos nuestros pies sobre ese caos.

John Lennon, ¿o era Bukowsky? decía en alguna parte: “Vivir hasta que se muere es un trabajo duro”. Y vivir es una palabra que se conjuga únicamente en presente, así tengamos la mirada puesta en el antes o el después. Por eso resulta difícil el imperio del presente. Por eso nos inventamos la música y la religión, y el alcohol, y las drogas, y la filosofía y la mitología; para servir de pomadas, de escudos, de guías, de laxantes para ese presente que agobia porque nunca termina.

El imperio del presente es de los porfiados y los arrogantes. Y de los visionarios, que no esperan al futuro para construirlo. También de los valientes y los cínicos, unos por desafiarlo, los otros por negarlo. Es también el reino de los embaucadores y los ladinos y de quienes se aferran a la fe para no ver hundirse su nave.

El presente nos aterra a los sensibles y a los inseguros, y a veces a los sabios que pueden ver lo por venir. El presente es el reino de la incertidumbre, de la conjetura, de la adivinación.

Mi presente aquí ya no tiene sentido. No soy valiente, ni soy cínica, ni visionaria. Hoy no soy, y quiero seguir siendo. Me voy, ya me fui para cuando leas este papel, a vivir otro presente en donde pueda sembrar nuevos sueños. Me voy porque no quiero seguir nuestro camino, me voy porque sé, que del presente solo hay una forma de ausentarse, es la muerte. Y ese presente no lo quiero todavía para mí.

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¿De qué está hecho el fútbol?

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No sé a ustedes, pero a mí el fútbol solo me arrastra en épocas de Mundial, así a secas, sin apellido, porque Mundial solo hay uno, por antonomasia. Y me arrastra porque mi país clasifica y porque podemos ver los mejores partidos en cuatro años.

Pero una vez adentro y como sucede con los miles de millones de aficionados de ocasión o de carrera que siguieron este de Rusia 2018, me meto en las cábalas, me emociono en los partidos, discuto sobre las calidades de jugadores y equipos y hasta me aguanto los análisis casi siempre exagerados y especulativos de los periodistas deportivos.

Y disfruto mucho de la técnica, el tesón, la creatividad de MBappe, Modrich o Cuadrado y de la poesía, la táctica o la pragmática, precisa y efectiva, que muchas veces logran los equipos, hilando el balón entre las piernas de los jugadores.

Pero lo que más me asombra del fútbol y en especial del evento mundial, es su capacidad de llegar al fondo de las expectativas, las ilusiones, los deseos de tanta gente alrededor del mundo; su capacidad de ponernos a soñar, de alejarnos de realidades fáciles o difíciles, de meternos en esa contienda épica de cada cuatro años.

Y es que el fútbol apunta a lo más profundo de la condición humana: es contienda, es éxito o fracaso, es ser o no ser, es encuentro, es identidad, es amistad, es amor por lo propio, es conquista o defensa de lo nuestro, conocimiento, emoción. Hay héroes y villanos, hay sabios y artesanos, hay poetas e ingenieros.

El fútbol es sencillo: dos equipos de once jugadores se enfrentan y todo lo que tienen que hacer es llevar el balón con los pies desde su terreno al del otro equipo y tratar de meterlo entre los tres palos blancos que cuida el contrario. Y me dirán que sí, que todo deporte tiene un planteamiento básico sencillo; pero el fútbol no es, por ejemplo como el beisbol, cuyas normas son complejas y sus códigos de comunicación crípticos. Todos lo comprenden y todos lo pueden practicar o lo han practicado.

El fútbol es el conflicto no militar más apetitoso de la humanidad: un enfrentamiento entre contrarios, una competencia que se vuelve aguerrida, ingeniosa, un tour de forcé. Y ese es su primer atractivo: conecta con una pulsión básica de la condición humana: la emulación, la competencia, ser el mejor, ganar. Provee ese éxtasis que busca el guerrero, el político, el empresario, el estudiante, la bailarina. Y se practica con pocos medios en la cuadra o en el barrió, pero también en la ciudad, el país, en el globo terráqueo.  Es una batalla, una batalla que en el campo tiene uniformes y estandartes y en las graderías tiene máscaras, pintura en las caras, tocados que son casi armaduras, trompetas, cánticos que recuerdan las grandes formaciones de los ejércitos conquistadores en Egipto, en Bretaña, en Escocia o en la Nueva Granada.

Y en el Mundial esta batalla toma dimensiones cósmicas, telúricas, totales. En el Mundial el fútbol es ante todo identidad, lucir los colores, la camiseta que se ama. Es la oportunidad para la emoción desnuda, para saltar, gritar, sudar, bailar, para embriagarse o muchas veces para llorar.

En el fútbol nos vemos las diferencias, entendemos que la historia jala, que no es lo mismo venir de una guerra o de treinta años de triunfos, o ser neófito que experimentado. Y aunque alrededor del fútbol se hablan infinidad de lenguas, todos nos unimos en un solo grito: ¡gooooooooooooool!

Mil palabras diarias

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Sábado. Se ve bien el día. Algunas nubes densas pero blancas e hinchadas avanzaban sin ocultar el sol, que saca brillos a los parabrisas de los carros, al ladrillo a la vista de los edificios, a las hojas impasibles de los árboles que a esa hora perecen sobre el adoquín.

Para llegar a las ocho de la mañana al centro tengo que salir unos minutos antes de las siete.  Abro la boca de la mochila para meter mi cuaderno de notas, de tapas duras con la cabeza de una cebra sobre fondo rojo; busco el esfero que había olvidado el sábado anterior, meto también el ejemplar de Aura, de Carlos Fuentes, que debemos llevar leído para esa sesión. Solo uso la mochila para ir al taller; luego de 30 años volvía a ser estudiante y me gustaba.

El sol persistió mientras caminaba a la estación. Ir en bus al centro a esa hora de la mañana, en sábado, me proporcionaba el placer difuso y personal de sumarme a la corriente de desconocidos  somnolientos y silenciosos que caminan en las estaciones, se agolpan en los buses y luego se lanzan a las aceras y las plazas en busca de destinos cotidianos. A las siete de la mañana esa ruta se llenaba de estudiantes, jovencitas de morral, bluyines apretados y chaquetas acolchadas, muchachos de gorros de lana en la cabeza y gafas oscuras. Todos absortos en la pantalla del celular, tecleando febriles con los pulgares, sonriendo solos con las respuestas, oyendo música como autistas mientras miran distraídos muros repletos de graffitis por las ventanas.

El último tramo de ese viaje a la literatura es el que más me gusta, completa una especie de rito de iniciación. Me bajo en la siempre atestada estación Universidades, camino detrás de alguna joven de trasero sugestivo y botas de cuero, atravieso el largo túnel que conecta a la Avenida Jiménez con la urgencia de los recién nacidos que transitan el útero inicial. A través de una árida puerta de lanzas de hierro entrecruzadas salgo al extenso, austero y también soleado Parque de los Periodistas. Allí, como en toda La Candelaria, la luz es diferente, más sideral, más transparente, sin estridencias. Allí por fin me diluyo a través de ese espacio abierto para ser un nadie más.
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Mucho gusto

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Lo reconocí apenas atravesé las puertas automáticas del centro comercial. Estaba al lado de las escaleras eléctricas, en medio del barullo, más flaco, peliblanco, impecable, con una chaqueta azul deportiva y un pantalón claro. Y su bigote tupido y también blanco. Yo pasé de largo, afanado por recoger la entrada que había reservado esa mañana de vacaciones para ver un celebre filme nacional que solo estaban presentando en los cines de ese abigarrado palacio del entretenimiento y las compras.

Ya con mi entrada en la mano busqué un café en la barra del hall de los teatros. Las mesas a mi alrededor estaban todas ocupadas con otros espectadores que esperaban la hora de su película conversando, leyendo, o absortos en sus móviles. Mientras me preparaban el café le eché ojo a una mesa donde un hombre enjuto, de quijada cuadrada y brillante por una muy reciente afeitada consultaba a través de unas enormes gafas oscuras la pantalla de su teléfono para tomar apuntes en lo que parecía un menú de  restaurante. Tenía dos asientos libres en su mesa y una elegante bolsa de compra a sus pies. Su acuciosidad parecía postiza; decidí que me sentaría ahí una vez me entregaran el café. Me irritan sobre manera las personas que una vez terminan su consumo se quedan en las mesas aunque vean a otras afanadas sin tener dónde sentarse.

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Perder el tiempo

perderelb.jpgHe dedicado toda mi vida a perder el tiempo. Leyendo, soñando, escuchando a los demás, sus historias, sus mentiras, sus sueños, sus músicas.

Ahora que ya no me queda mucho quiero gastarlo todo de una vez, quedar en ceros, llegar al borde. Y no me arrepiento.

Perder el tiempo ha sido la mejor manera de vivir. No lo he vuelto dinero; no lo he vuelto triunfos o posesiones. Lo he vuelto placer, desgano, excitación ocasional, contemplación, piel. Lo he vuelto pasos y miradas, lo he vuelto delirios, imágenes esquivas, susurros.

Por eso me sentí tan interpretado por Bukowsky cuando dijo que lo que más le gustaba era rascarse los sobacos. El tiempo no es nada. Es lo que tu haces con él. Es una ficción creadora que ha sido instrumentalizada, prostituida, traicionada, legislada, recortada, conculcada, pervertida para robarnos los días y cambiárnoslos por fruslerías: automóviles, viajes, ropas, viviendas asfixiantes, artefactos inútiles, comidas sofisticadas, noticias aterradoras.

Hemos entregado nuestro tiempo a cambio de justificaciones pírricas para nuestra existencia extraviada, a cambio de basura material, de percepciones enajenantes. Hemos regalado nuestro tiempo a cambo de nada.

Depresión

DepresionMe llamaron la atención sus hombros desnudos y morenos en esa tarde fría.

Yo tenía dos bolígrafos en la mano y hacía la cola en la papelería para pagarlos.

Había caminado treinta minutos desde mi casa porque era allí donde encontraba esas plumas de punta fina con las que me gusta escribir.

Ella estaba en la fila, tras de mí. Con una amiga también morena, con alambres en los dientes como ella, pero menos bonita. No tenían más de veinte años.

Conversaban.

De pronto la chica de los hombros descubiertos se metió las manos a los bolsillos de sus vaqueros, bajó la vista y encogió sus hombros morenos para concluir: “Me lo dijo de nuevo: ‘Es que cuando estoy así no quiero ni levantarme, siento que la cama me engulle’”.

Y entonces, llegaba la música

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A mi papá le gustaba Haydn, le gustaba Mozart, pero sobre todo le gustaba Beethoven. Los conciertos para piano, los impares, sobre todo el Emperador. Las sinfonías, también las impares, sobre todo la Quinta. Pero creo que lo que más le gustaba de Beethoven era el concierto para violín y orquesta, el Opus 61.

Lo oíamos mientras él dibujaba, en esas noches en las que la jornada de trabajo se le alargaba hasta después de comer, para sumarle otros pesos a su esquivo sueldo en una oficina de arquitectos.

Lo seguía en silencio al estudio, en donde comenzaba por prender el foco de la lámpara de resortes que iluminaba su mesa de dibujo. Luego sacaba de un cajón el cepillo de crines grises y mango roto con el que recogía las migas del borrador; así como las escuadras, los lapiceros y las cajas de minas Faber Castell que ponía a los lados del pliego de papel mantequilla, terso y tenso, fijado cuidadosamente con cinta pegante antes de probar sobre él el arrastre uniforme de la regla paralela.

Yo me sentaba en un sofá viejo a ojear el periódico y él en su silla de madera, con resortes que traqueaban siempre que tomaba distancia para ver cómo avanzaba la obra.

El olor de ese lugar era especial. Hecho de humo y colillas de Pielroja, goma de borrador, madera pintada con compresor, café, cientos de pliegos de papel mantequilla, copias fotostáticas azules y un puñado de viejos libros de ingeniería que mi padre heredó del suyo.

En algún momento, después de trazar las primeras líneas, se detenía y cruzaba conmigo una mirada cómplice: “Oigamos el Opus 61”, me decía, y se levantaba para encender la radiola Grundig empotrada en un mueble de madera clara de los años cincuentas. Buscaba el long play y abría el compartimiento del tocadiscos para insertarlo en el mástil metálico. Luego tomaba la aguja y la posaba sobre el surco brillante del vinilo. Subía el volumen: “Oye”, decía y levantaba su mano derecha mirando hacia ninguna parte como si pidiera atención a la orquesta para comenzar.

Y entonces, llegaba la música.

Aparecían esos primeros compases quedos del timbal y tras de ellos la respuesta de los vientos, seguida de los violines, que crean esa expectación sin par en el comienzo del concierto. Mi papá se quedaba estático hasta la entrada grave y rotunda de la orquesta. El ambiente se iba cargando con todo esa energía y él, entonces, volvía a la mesa de dibujo a continuar su tarea con la emoción retratada en su cara.

Sus manos volaban de vez en cuando sobre la cabeza siguiendo los acordes del concierto. De pronto se ponía el índice sobre la boca y me miraba sorprendido: “Oye, ahí viene el violín” y justo entraba el solo del primer movimiento. “Es un concierto muy difícil para los violinistas —me decía—, el que se le mida al Opus 61 tiene que ser muy bueno. Y eso que cuando lo escribió, Beethoven ya había comenzado a quedarse sordo”.

A mi papá, Álvaro González Canal, le gustaba comentar que precisamente el Opus 61 había sido el concierto de consagración de Yehudi Menuhin, al interpretarlo en su juventud con la Orquesta Sinfónica de Nueva York. Para recordar a continuación que había conocido a Menuhin, en Cartagena, en 1949, año en que el prodigioso violinista dio tres conciertos en Colombia.

Para esa época mi papá estaba en La Heroica trabajando de asistente de su tío, Pepe González Concha, en el levantamiento del plano regulador de la ciudad. Lo acompañó a un almuerzo que ofrecían a Menuhin en el Club de Pesca. A la vista de la bahía el violinista quiso saber cómo sonaría su violín reflejado en las mansas aguas de ese recodo del Caribe. Le pidió a mi papá que lo acompañara al automóvil por su instrumento. Lo hizo azorado, respondiendo a algún comentario sobre la belleza del lugar. Al regresar, Menuhin caminó por un pequeño muelle de madera hasta quedar enfrentado a la bahía, para tocar ante los asombrados comensales un concierto con fragmentos de diversas obras.

Entre comentario y comentario comenzábamos a escuchar el larghetto del segundo movimiento. Mi padre se concentraba entonces mientras sus manos, precisas, empujaban el portaminas de un punto a otro, pegado siempre a la paralela. Solo movía la cabeza de manera acompasada, siguiendo esa conversación de baja intensidad entre el violín y la orquesta, hasta que el propio instrumento anunciaba el Rondó, el momento del más conocido y más vivaz de todos los temas que interpreta el violín. Momento en el que volvía su sonrisa y su mirada cómplice: “Esta es la parte que más me gusta” me decía, y sus manos imitaban de pronto al violinista.

La versión que escuchábamos, si no estoy mal, era la del también mítico Jascha Heifetz, con la Sinfónica de Chicago. Una grabación en vivo, algo plana técnicamente. Me llamaba la atención que se oían los estornudos de los asistentes y los golpes de los arcos contra las cuerdas, lo que no opacaba la interpretación del ruso, tensa, aguda, brillante, segura, incisiva, trenzada con una orquesta que sabía imponer la grandiosidad de Beethoven en esa obra.

Al final, cuando todo se resolvía en dos rotundas frases de la orquesta y los aplausos inundaban la sala y nuestro estudio, mi papá se levantaba a rescatar la aguja del final del plato de vinilo, y al pasar ponía su mano en mi hombro como diciendo: “Te fijas, una maravilla”.